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martes, 15 de julio de 2014

Y Messi no fue rey

 

Argentina, tierra de D10SES, donde el fútbol traspasa los límites de la espiritualidad para convertirse en la más sagrada de las religiones. Argentina, tierra de fervor, donde las llamadas 'Barras Bravas' alientan sin cesar a sus guerreros como si la vida les fuera en ello, literalmente. Argentina, tierra de River, de Boca, de Independiente, de Racing... Colores que se convierten en uno cuando juega la selección, la que porta dos estrellas en su pecho y que brillan como nunca en el amanecer brasileño que plasma los colores de su bandera, con el blanco de las nubes y el cian del cielo. Dos estrellas, como la primera que retrató a Daniel Passarella alzando la Copa del Mundo en el Monumental de River, allá por el 25 de junio de 1978, cuando Mario Alberto Kempes y su '10' lo elevaron al Olimpo de la divinidad. Olimpo, el que asaltó Diego Armando Maradona cuando elevó al cielo, su cielo, el segundo cetro dorado para Argentina en el Estadio Azteca un caluroso 29 de junio de 1986.
 

 
Fue Alemania, la de Franz Beckenbauer, quien sucumbió ante el poderío del genio del fútbol mundial. Y sería la 'Mannschaft', cuatro años después, quien haría abdicar al 'Pelusa' con un gol de Andreas Brehme cuando el partido ya agonizaba. Nunca antes volvería a tener un sucesor el bueno de Diego. Nunca antes hasta que un pequeño niño de Rosario puso rumbo a Barcelona y empezó a asombrar al mundo con su zamarra azulgrana impregnada en su piel. Lionel Messi comenzaba a perfilarse como el nuevo estandarte del fútbol moderno. Pero en Argentina seguían anhelando beatificar a un heredero del '10' más grande que jamás pisaría una cancha de fútbol. Y Leo, menudo como siempre, silencioso y aparentemente despistado, cogió la capitanía que Alejandro Sabella había decidido otorgarle, como Bilardo hizo en su día con Maradona. Y allá que fue Leo, en Brasil, elevando el ilusionismo de 'papá' en la tierra sagrada del deporte rey. Con destellos fugaces, como las estrellas que hacía 24 años no brillaban en el firmamento del mundo, pero siempre presente. Hasta ayer, hasta el partido de sus vidas. Otra vez Argentina, otra vez Alemania. Otra vez la final de la Copa del Mundo.
 

 
No era el Azteca de México, ni el Olímpico de Roma. Maracaná y su simbología estaba por encima de todos ellos. No estaba Beckenbauer, ni los temibles Brehme o Klinsmann. Pero la 'Mannschaft', con los Neuer, Kroos, Schweinsteiger, Müller, Özil y el eterno Klose, había maravillado al mundo con su 'tiki-taken' humillando a Brasil 1-7, creando otra tragedia nacional en el país de la pentacampeona. Y Argentina no tenía a Diego, pero sí a Leo. Dicen que la vida es cíclica, que todo lo que se va vuelve algún día, y aquella final parecía una invocación a tiempos pasados. El Cristo Redentor, desde la colina que ensalza su inmensidad, esperaba un rey que sucediera a España. El partido comenzó trepidante, con Alemania intentando llevar el mando del juego, pero con una Argentina peleona, competitiva y que llevaba su peligro por la banda de Ezequiel Lavezzi y Pablo Zabaleta, problemas permanentes para Benedikt Höwedes. Y por ahí andaba Messi, buscando su momento, su lugar en el partido, su hueco en la historia. Pero el destino, caprichoso con Toni Kroos, parecía tener en Gonzalo Higuaín el elegido. Pero el ariete argentino, trabajador como pocos y talentoso como ninguno, no encontró fortuna ni siquiera al perforar las mallas de Neuer, anulándose su tanto por un claro fuera de juego.
 
 
Tras sacudirse el arreón final de Alemania, Argentina salió en la segunda mitad decidida a hacer suya la historia. La tercera estrella de la 'Albiceleste' empezaba a hacerse un hueco en el cielo, a opacar el brillo de la que Maradona había convertido en eterna. Llegaba así la jugada de Leo, el instante que debía paralizar al mundo y coronar a Messi como el mejor de todos los tiempos. Recibió la 'Pulga' un balón de Lucas Biglia al espacio, y escorado a la izquierda, Leo cruzó el balón hacia el palo izquierdo de Manuel Neuer. El mundo miraba, los dioses también. Y falló. Maradona lloraba en el Olimpo del cielo, Di Stefano encogía su alma inmortal en la eternidad. Messi no sería el héroe en Maracaná.
 
 
A partir de entonces, Messi terminaría de apagarse. Argentina dominaría estérilmente gracias al coraje de Mascherano y al coraje de Higuaín. El 'Pipita' terminaría por ser sustituido, exhausto, tras pelear bravamente contra todo y contra todos, incluso llevándose un fuerte golpe de Manuel Neuer que bien pudo ser penalti. No fue así para Rizzoli, correcto en un partido complicado de arbitrar. Pasí desapercibido, no como un tal Howard Webb hace cuatro años. Con Rodrigo Palacio y Sergio Agüero en el campo, Argentina perdió fuelle en ataque. El 'Kun', bien por las lesiones o por falta de confianza, ha firmado un pésimo Mundial. La final fue una confirmación de ello. Así, sin el empuje de Higuaín arriba, Alemania volvió a crecer y a tomar el peso del juego. Lahm lo intentaba, Müller se desfondaba, pero Romero no se inquietaba. Así que Löw decidió arriesgar: quitó a Miroslav Klose del campo (quien cumplía 24 partidos en Copas del Mundo, a tan solo uno del récord de Lothar Matthaus) y metió a Mario Götze de punta. "Demuestra que eres mejor que Messi", le decía el bueno de Joachim. Y Mario, quien había perdido el sitio frente a Klose a lo largo del Mundial, tenía claro que el destino le debía una, como tantas veces antes a la 'Mannschaft'.
 

 
La prórroga fue inevitable. 30 minutos más para coronar al campeón de uno de los mejores Mundiales de la historia. Debía ser a lo grande, y a lo grande fue. Alemania se lanzó a tumba abierta a por la victoria. No inquietaba demasiado a Romero, pero el 'tiki-taken' iba fundiendo a los argentinos, sostenidos por la figura de Javier Mascherano, gladiador inmenso que aun en la derrota se sintió vencedor. Ningún jugador merecía más la copa que el 'Jefecito', a pesar de que Schweinsteiger se las llevara de todos los colores. Pero un jugador no hace a un equipo, por muy colosal que sea. Y los que alguna vez lo consiguieron, desaparecieron de la batalla. La final ya no iba con Messi, bien exhausto o simplemente deprimido, creía que había llegado la hora de abdicar sin ni siquiera haber subido al más dorado de los tronos. Aun con Messi ausente, Palacio tuvo la oportunidad de llevar a Argentina a la eternidad 28 años después, pero su vaselina se marchó fuera tras dejar tieso a un Mats Hummels que no tenía fuerzas para continar. Sin embargo, el héroe no era albiceleste.
 
 

Solo un hombre tocaría el cielo junto al Cristo Redentor en Maracaná. Llevaba el '19', venía de Memmingen y se llamaba Mario Götze. Fue en el minuto 113 de la prórroga, cuando Alemania buscaba un resquicio en la zaga argentina mientras los de Sabella hacían lo indecible por aguantar, cuando Schürrle centró un balón al área desde la izquierda, Götze bajó el cuero desde el cielo e impulsó el 'Brazuca' hacia la eternidad. Nada pudo hacer Romero. El bueno de Mario, como el Cristo que desde la ladera lo observaba, abría los brazos. Se había convertido en leyenda. Por siempre, para siempre.
 
 
Argentina estaba noqueada, y Alemania se sentía campeona. Aun así, Messi tendría la última oportunidad de llevar el partido a la ansiada y fatídica tanda de penaltis, pero su falta se perdió en el Elisio. El cielo era de Alemania, y Argentina se llevaba el mar de la amargura. Götze se coronó en Maracaná y Lahm hizo brillar la cuarta estrella de la 'Mannschaft', la primera que un europeo obtiene en suelo americano. Una nueva conquista que hará esperar a Maradona. Por mucho que la FIFA se empeñe en negarlo con premios de pacotilla, Messi no fue rey. Quizás no lo vuelva a ser nunca.
 
 
 
 
 

 
 

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